domingo, mayo 31, 2009

EL FIN DE LA ETERNIDAD, por Isaac Asimov

Lo más normal a la hora de decidirse en analizar un libro de la extensa obra de un autor como Isaac Asimov, y lo más fácil, es elegir uno que corresponda a la famosa “Saga de las Fundaciones” u otro que haya recibido premios en algún certamen literario.

Pero no se si por ir a contracorriente, quizás es mi caso, que al final he optado por una de sus novelas menos conocidas, “El Fin de la Eternidad”.


Y es que como principiante que soy en este género, es de agradecer de vez en cuando, libros como este que no se pierden en complicados teoremas para explicar las numerosas tesis y hechos planteados en el mismo.

De hecho, salta a la vista la simplicidad con que está escrito y la facilidad que tiene el autor de engancharnos en la trama con unos personajes tan interesantes como son Andrew Harlan, Noys Lambent, Laban Twissell, etc…

En un principio, Asimov creo esta historia como un relato de 25.000 palabras para una revista de Scfi, pero gracias a una llamada del director de la misma y la buena acogida que tuvo en el entorno, decidió ampliar la extensión de la historia a como la conocemos hoy en día.

Si sois magnánimos conmigo, me permitiréis un pequeña licencia con la siguiente afirmación: “El Fin de la Eternidad” es, junto con “ La Máquina del Tiempo” de H. G. Wells, la mejor novela que existe sobre viajes en el tiempo.

Y no os creáis que soy el único que hace esta afirmación, como podréis comprobar si investigáis un poco por internet.

En la novela nos encontramos con un ente (o institución) llamado “La Eternidad”. Esta organización se encuentra desplazada del tiempo tal como lo conocemos, y desde ahí estudia las diferentes realidades posibles.

Si en alguno de sus análisis lo creen necesario, reconducen el curso de la humanidad para evitar cualquier desastre natural o conflicto bélico.

Andrew Harlan (el protagonista principal) es un Ejecutor encargado de realizar dichos cambios, siempre bajo la directriz del principal Programador de La Eternidad, Laban Twissell.

Andrew es el mejor en su puesto, simbolizando todo lo que se requiere del mismo: exactitud en los cambios y una absoluta ausencia de emociones. Una persona adusta y fría de carácter.

Sin embargo, todo esto cambia cuando le asignan la instrucción de un Aprendiz, el cual se está especializando en Historia Antigua y que por alguna extraña razón, recibe un trato especial de su superior Twissel.

Para complicarlo todo más Harlan es requerido por un antiguo superior, Finge, para que resida durante una semana en la realidad del siglo 482º y estudiar de primera mano los hábitos aristocráticos de unas determinadas personas antes de realizar un modificación en dicha era. Todo esto, fuera de los procedimientos normales de la organización.

Y es aquí donde conoce a una aristócrata, Noys Lambent, la cual había estado unos días antes en “La Eternidad” a petición del propio Finge, algo totalmente prohibido también por las normas.

Harlan cree que Finge le ha preparado una encerrona, debido a su enemistad mutua del pasado, sin embargo es incapaz de evitar enamorarse de Noys al convivir un tiempo con ella.

Fruto de este amor, y de recientes descubrimientos sobre su Aprendiz, le lleva a replantearse por primera vez en su vida si es conveniente ejecutar un cambio en dicha realidad. A partir de aquí, comienza una carrera o escapada hacia el futuro, incumpliendo todas las normas de “La Eternidad”.

Lo que no sabe él, es que todos sus movimientos están supervisados (¿y orquestados?) por los habitantes se “Los Siglos Ocultos”, más allá del 70.000º.

En fin, una novela que te atrapa desde el principio por su narrativa simple, pero que a la vez nos plantea sub-tramas algo más complejas.

Como dicen en muchos círculos, en esta novela , Asimov resuelve de forma brillante la paradoja temporal : ¿Qué pasaría si retrocedo al pasado y, de alguna manera, provoco la muerte de mis abuelos?, ¿Cómo puedo entonces estar yo vivo?.

¿No lo sabéis?, pues nada, a leerse este libro, que además de contestaros esta pregunta os va a proporcionar un buen rato de entretenimiento.